sábado, 5 de noviembre de 2011

San Antonio de Padua


Su fiesta se celebra el 13 de junio

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Los autores modernos fijan entre los años 1188 y 1191 el nacimiento de San Antonio de Padua. Según el más antiguo biógrafo, nació en Lisboa (Portugal) en una casa que poseían sus padres cerca y al norte de la catedral, en cuyo baptisterio recibió las aguas bautismales a los ocho días de su nacimiento, imponiéndosele el nombre de Fernando.

Sus años juveniles discurrieron en el seno de la familia, convertido en el hechizo de sus padres, por ser el primogénito y por aparecer dotado de índole buena, probidad e integridad de costumbres. Desde su más tierna edad profesó una especial devoción hacia la Virgen Santísima, a la cual se consagró y escogió por institutriz, guía y sostén de su vida y muerte. El historiador Surio dice de él que visitaba a menudo las iglesias y monasterios de la ciudad y que era compasivo con los pobres, a quienes socorría en sus necesidades.

Juntamente con la educación religiosa proveyeron sus padres a la educación intelectual de su hijo, al confiarle a los desvelos del maestrescuela de la catedral, para que lo iniciara en los rudimentos de la gramática, retórica, música, aritmética, geografía y astronomía, materias que constituían el plan de estudios de las escuelas catedralicias de aquel tiempo.

Dicen sus biógrafos que el Santo fue acometido en su juventud por la violencia de las pasiones; pero añaden que el «casto joven nunca, ni por un instante, se rindió a las exigencias de la pubertad y del placer». Estas crisis pasionales que asaltan a la juventud, y que para muchos jóvenes son el principio de una vida de pecado, fueron para el Santo la piedra de toque que le movió a encauzar su vida por otras sendas que estuvieran al abrigo del demonio de la impureza. De ahí su decisión de ingresar en el monasterio de San Vicente de Fora, situado en las afueras de Lisboa, sobre una pequeña colina, y habitado por hombres honorabilísimos por su piedad.

Dos años moró el Santo en el monasterio de San Vicente, hasta que, a causa de las frecuentes visitas de familiares y amigos que le impedían la paz y recogimiento, decidió pedir su traslado a la casa madre de Coimbra, en donde ingresó a los diecisiete años de edad. Aquí llevó una vida tan fervorosa que los antiguos biógrafos aseguran que en este tiempo escaló Fernando las cimas de la santidad. Al intenso trabajo espiritual acompañaba siempre el estudio, que consideraba como complemento y perfección de su vida de piedad. Aunque muy amplios, sus estudios tendían exclusivamente al conocimiento más perfecto de la Sagrada Escritura.

Atendiendo el ambiente político-religioso del monasterio de Santa Cruz durante los tiempos en que moró allí el Santo, sacamos la conclusión de que su santidad y ciencia fueron más bien producto de su esfuerzo personal y de la gracia que imposiciones del medio ambiente. En una atmósfera de luchas, intrigas y defecciones dolorosas vivía el joven Fernando entregado a la oración y al estudio. La virtud se robustece en la adversidad, y, lejos de escandalizarse por la conducta equívoca de algunos prohombres del monasterio, se impuso una vida más intensa de espiritualidad. Sin embargo, más de una vez soñó en la posibilidad de abrazar otro género de vida más perfecto y más al abrigo del mundanal ruido.

La vida simple de los pobrecillos hijos de San Francisco de Asís del eremitorio de San Antonio de Olivares, de Coimbra, le atraía irresistiblemente. Tuvo Fernando su primer contacto con dichos frailes al hospedarse en el monasterio los protomártires franciscanos de Marruecos, a su paso por Coimbra en dirección a África. Además, los frailes de Olivares acudían al monasterio en busca de limosna, a los que atendía el joven monje, que, según testimonio de Azevedo, tenía a su cargo la hospedería. A este cenobio fueron después traídos los cuerpos de los protomártires de Marruecos. ¿Qué impresión producirían en el ánimo de Fernando los despojos mortales de aquellos intrépidos soldados de la fe? Despertaron en él el deseo de consagrarse al apostolado entre infieles y morir mártir de Cristo. Era imposible realizar sus sueños mientras permaneciera en Santa Cruz de Coimbra, porque el monasterio no tenía en su programa de vida las misiones entre infieles y sólo podía llevarlo a cabo en el supuesto de profesar en una Orden como la franciscana; pero para efectuar este tránsito debía contar con la autorización de los superiores de ambas Ordenes.

Un día, según costumbre, los frailes de San Antonio de Olivares acudieron al monasterio en busca de limosna y Fernando, en secreto, les confió su propósito, diciéndoles: «Hermanos, recibiría con entusiasmo el hábito de vuestra Orden si me prometiérais enviarme, luego de haber entrado, a tierra de sarracenos para que sea partícipe de la corona de los santos mártires». Los frailes le dieron palabra y fijaron para la mañana siguiente el ingreso en la Orden franciscana. Aquella noche, según el biógrafo más autorizado, arrancó Fernando a duras penas y a base de muchos ruegos el permiso del prior del monasterio. Con el fin de vencer dificultades de parte de sus familiares y de algunos monjes de Santa Cruz se convino en cambiar su nombre de Fernando por el de Antonio, que era el titular del eremitorio donde residían los franciscanos, y en mandarle cuanto antes a tierra de infieles. La ceremonia de la imposición de hábito al nuevo candidato fue rápida y sencilla, por razón de que el prior, el monasterio, la diócesis y todo el reino estaban en entredicho por el arzobispo de Braga, y, según el derecho, se prohibía la celebración pública de la santa misa y del oficio divino.

En el verano de 1220 vestía Antonio la librea franciscana y a primeros de noviembre desembarcaba en Marruecos. Una terrible enfermedad le retuvo todo el invierno en cama y los superiores de la misión juzgaron conveniente repatriarlo para que atendiera a su convalecencia. Con este propósito hízose a la mar; pero un recio viento empujó la nave hacia Oriente, obligándola a atracar en las costas de Sicilia. Antonio se refugió en el convento franciscano de las afueras de Mesina y de allí marchóse al Capítulo general, convocado en Asís por el seráfico fundador para el 20 de mayo de 1221. Antonio pasó inadvertido en medio de aquella multitud, de tal manera que, terminado el Capítulo, los frailes se reunieron en torno a sus provinciales y en su compañía regresaban a sus respectivas provincias, mientras él quedaba a disposición del ministro general. A ruegos del Santo el provincial de Romaña se lo llevó consigo y con su permiso retiróse al eremitorio de Monte Paolo para consagrarse a la soledad. De su vida en aquel eremitorio dice el primer biógrafo:

«Cierto fraile habíase arreglado una cueva que debía servirle de celda para retirarse allí y dedicarse a la altísima contemplación. Cuando Antonio, que iba explorando el bosque, la vio, prendóse de ella y, con muchos ruegos, se la pidió al devoto fraile, que, vencido por las reiteradas súplicas del Santo, se la cedió fraternalmente. Desde entonces todas las mañanas, después de haber tomado parte en la plegaria común, retirábase allí, llevándose consigo un poco de pan y un vaso de agua para todo el día, obligando a la carne a servir al espíritu. Pero, fiel a las prescripciones de la regla, asistía por la tarde a la conferencia espiritual que se tenía en el convento. Sucedía a menudo que, cuando al toque de la campana quería reunirse con sus hermanos, hallábase su pobre cuerpo tan debilitado por las vigilias y tan extenuado por el ayuno que se tambaleaba y rehusaba sostenerse, teniendo necesidad de apoyarse en otro hermano para poder llegar al eremitorio».

Pero aquella alma privilegiada no debía vivir sólo para sí, sino ser útil y provechosa a los demás. No quiso Dios que aquella lámpara de la ciencia y santidad permaneciese por más tiempo debajo del celemín. Y pronto presentóse la oportunidad de revelarse al mundo con ocasión de un sermón predicado en Forlí en las cuatro témporas de septiembre de 1221, ante los religiosos franciscanos y dominicos que fueron ordenados sacerdotes. A ruegos del superior habló de tal manera que todos quedaron maravillados del torrente de sabiduría que fluía de sus labios. Su ciencia había traicionado a su humildad y no era posible esconderla por más tiempo. Aquella intervención de Antonio sorprendió gratamente al provincial, que pensó en dedicarle inmediatamente al apostolado.

Su primer campo de acción apostólica fue la Romaña, región infectada por los herejes cátaros y patarinos. Antonio entró en liza con ellos, poniendo en juego todas las reservas espirituales acumuladas anteriormente en la soledad y sus extensos conocimientos teológicos y bíblicos. En Rímini encontró fuerte oposición de los herejes, que impedían al pueblo que asistiera a sus sermones. Entonces recurrió el Santo a la eficacia del milagro. Ante la apatía del público por la palabra de Dios fuese a orillas del Adriático y empezó a predicar a los peces, diciendo: «Oid la palabra de Dios, vosotros peces del mar y del río, ya que no la quieren escuchar los infieles herejes». A su palabra acudieron multitud de peces, que sacaban sus cabezas fuera del agua con grandísima quietud, mansedumbre y orden. Aquel milagro despertó gran entusiasmo en la ciudad, quedando corridos los herejes. Fue tan eficaz su acción apostólica contra los mismos, que los antiguos biógrafos le llamaron incansable martillo de los herejes.

Al cabo de unos años de apostolado eficaz fue nombrado Antonio profesor de teología. Cerciorado San Francisco de su sabiduría y santidad, convencido de la necesidad del estudio de sus frailes para el más completo desenvolvimiento de la Orden, envióle la siguiente carta: «A fray Antonio, mi obispo, fray Francisco, salud en Cristo: Me place que interpretéis a los demás frailes la sagrada teología, siempre que este estudio no apague en ellos el espíritu de la santa oración y devoción, según los principios de la regla. Adiós». Con el beneplácito del santo fundador fue San Antonio el primer Lector de teología que tuvo la Orden franciscana.


Poco duró su magisterio en el estudio de los franciscanos de Bolonia, por cuanto las necesidades generales de la Iglesia reclamaron su presencia en Francia, para combatir allí la herejía albigense. Santo Domingo había trabajado incansablemente para reducir a los herejes; pero, a pesar de su acendrado celo y de su actividad incansable, la herejía mostrábase cada día más pujante. Ante aquel peligro movilizó el Papa a todos los predicadores que por su celo, ciencia y santidad de vida fueran aptos para acometer una cruzada eficaz de apostolado, para persuadir a los herejes de la falsedad de su doctrina. Entre los escogidos figuraba San Antonio.

El primer puesto de batalla fue Montpellier, en donde enseñó Antonio sagrada teología a los religiosos de su Orden; de allí pasó a Toulouse para ejercer el mismo ministerio, que alternaba con el apostolado entre el pueblo. «Día y noche –dice Assidua– tenía discusiones con los herejes; exponíales con grande claridad el dogma católico; refutaba victoriosamente sus prejuicios; revelando en todo una ciencia admirable y una fuerza suave de persuasión que penetraba en el ánimo de sus contrarios.» De Toulouse pasó el Santo a Le Puy, Bourges, Limoges y Arlés. Por razón de ocupar el cargo de custodio de Limoges vióse obligado a asistir al Capítulo general convocado por fray Elías en Asís para el 30 de mayo de 1227, y en el cual fue elegido Antonio ministro provincial de Romaña, cargo que ejercitó con éxito hasta el año 1230. «A finales de 1229 mandó Dios a Padua –dice Rolandino– de los confines de la Hesperia y de los países de Occidente, esto es, de las tierras de Galicia, Sevilla y Lisboa, al hombre religioso y santo, célebre por sus virtudes y conocimientos literarios, arca del Antiguo Testamento y forma del Nuevo y, si me es lícito usar de esta expresión, poderoso en obras y palabras. Éste habitó con sus hermanos de Padua; pero espiritualmente habitaba en el cielo.» Por indicación del cardenal de Ostia se dedicó allí Antonio a la composición de sermones para todas las festividades de los principales santos y domínicas del año. La soledad y el retiro del convento de Arcella, cerca de Padua, invitaban al recogimiento y estudio, necesarios para llevar a término la composición de una obra de tan vastas proporciones. También se le atribuye una Exposición del Salterio y algunas otras obras.

Al llegar la Cuaresma suspendió Antonio el estudio para dedicarse de nuevo a la predicación. Era tan vivo el celo que devoraba su corazón, que se propuso predicar durante cuarenta días continuos, y lo llevó a cabo, a pesar de la maligna hidropesía que le aquejaba. Era tanto el fervor del pueblo por su persona, que se abalanzaban sobre él las gentes para recortar pedazos de su hábito. Con el fin de impedir estas escenas se dispuso que, terminado el sermón, desapareciera Antonio ocultamente o saliera escoltado por un piquete de hombres valientes que impidieran acercársele.

Consumido por el esfuerzo y la enfermedad retiróse San Antonio al eremitorio de Camposampiero. Junto al mismo había un espeso bosque y en él un nogal gigantesco con un tupido ramaje en forma de corona. El Santo, movido por divina inspiración, pidió por caridad que se le construyera una celdita entre la enramada del árbol, como lugar apartado y apto para la meditación. Aparte del sabor poético de la escena, ¿no encierra este hecho un poco de filosofía cristiana? Los monjes y los pájaros son hermanos. Las alondras y las tórtolas amaban a San Francisco, y es probable, aunque las Florecillas no lo cuenten, que los pajaritos no huían del árbol cuando Antonio subía en él. Los monjes y los pájaros son pobres y confían en la Providencia, que da a los unos las migajas de la caridad y a los otros los ligeros granos que levanta el viento; teje para los primeros un vestido glorioso con el oro de sus virtudes y prepara para los segundos un manto real con la variedad de su plumaje.

Un día la enfermedad que le aquejaba anunció un fatal desenlace. Recibidos los santos sacramentos, cantó Antonio un cántico a la Virgen mientras fijaba su mirada hacia un punto luminoso, invisible para los allí presentes, con una sonrisa beatífica en sus labios. El religioso que le asistía le preguntó en la intimidad qué cosa veía, a lo que respondió el Santo: «Veo a mi Señor». Después alargó los brazos, juntó las palmas de las manos en actitud humilde y alternaba con los religiosos en el rezo de los salmos penitenciales. Al terminar entró en un profundo éxtasis que duró media hora; vuelto en sí miró por última vez a los presentes, sonrióles y su alma santísima, desligada de los brazos de la carne, fue absorbida en los abismos de los resplandores divinos. Era viernes, día 13 de junio de 1231. Tan pronto como expiró los niños de Padua recorrieron la ciudad al grito de: «¡Ha muerto el Santo! ¡Ha muerto San Antonio!».

Dios quiso glorificar su sepulcro obrando por su intercesión gran número de milagros, lo que movió a las autoridades eclesiásticas a pensar en su canonización, lo que hizo el papa Gregorio IX aún no transcurrido el año de la muerte. El mismo Gregorio IX le concedió, al canonizarle, la misa de doctor, que ininterrumpidamente se ha celebrado en su fiesta, por los tesoros de la altísima sabiduría de que fueron testigos y panegiristas los Romanos Pontífices. Pío XII se hizo intérprete de esa tradición secular cuando el 16 de enero de 1946 le proclamaba doctor de la Iglesia, asignándole el título de Doctor Evangélico, por las Letras Apostólicas que empiezan con el siguiente elogio:

«Alégrate, feliz Lusitania: salta de júbilo, Padua dichosa, pues engendrasteis para la tierra y para el cielo a un varón que bien puede compararse con un astro rutilante, ya que brillando, no sólo por la santidad de su vida y gloriosa fama de sus milagros, sino también por el esplendor que por todas partes derrama su celestial doctrina, alumbró y aún sigue alumbrando al mundo entero con una luz fulgentísima».

San Antonio no ha perdido actualidad y su memoria es evocada constantemente por el pueblo cristiano, que ve en él al santo que resucita a los muertos, que cura las enfermedades, que está dotado del don de bilocación, que habla a los peces, que convierte a los herejes, que aligera el bolsillo de los ricos en provecho de los pobres necesitados, que asegura y multiplica las provisiones, que allana los obstáculos que dificultan el contraer matrimonio, que halla las cosas perdidas, que conversa amigablemente con el Niño Jesús. La experiencia cotidiana enseña que San Antonio no defrauda nunca la esperanza de sus devotos, que confían en su valimiento ante el trono del Altísimo.

Texto extraído del libro de Luis Arnaldich, OFM, "San Antonio de Padua", tomo II,
Madrid, Ed. Católica (BAC 184), 1959, pp. 635-642

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